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A la Dra.
Fatima Tahtah
Antes de dar comienzo a mi conferencia, deseo
agradecer, de todo corazón, el que se me haya
invitado —por mediación del Dr. Odón Betanzos
Palacios y la Dra. Fatima Tahtah— a participar en
este Coloquio Internacional “La civilización
islámica en Al-Andalus y los aspectos de
tolerancia”, que organiza el Centro de Estudios
Andalusíes de la Universidad Mohammed V, de Rabat.
Gracias, pues, al Dr. Akmir Abdelouahi y al Dr. Said
Bensaid Alaui por la oportunidad que me han brindado
para hablar de un tema —Gibraltar—, que, tanto por
razones culturales como afectivas, constituye una
parte indesgajable de mi identidad: Andalucía me vio
nacer, Gibraltar mi guió en mis primeros pasos y
Marruecos me enseñó a vivir, a ver la vida no ya en
términos de tolerancia, sino de plena aceptación, de
hermandad para con todos los seres de la tierra.
He hablado de razones afectivas, es decir,
familiares: pues si en Gibraltar nació mi madre, y
en Gibraltar están enterrados mis abuelos, en
Marruecos nació mi padre (Larache) y en Marruecos
(en la legendaria Tánger) me crié y viví durante
veinte años, hasta mi emigración a los Estados
Unidos de América. El mundo del Estrecho —pese a mi
larga estancia en Nueva York— ha sido, es y será
siempre mi mundo; en él tengo mis raíces, porque las
raíces, aunque uno viva trasplantado en otras
tierras, se llevan dentro, alimentando, a través del
tiempo y el espacio, la vida, no siempre fácil del
emigrado, del desterrado.
En 1955, todavía un zagal, crucé por primera vez las
aguas del Estrecho de Gibraltar. Poco después, en
Tánger, a hombros de mi padre, mis ojos de niño
contemplaron asombrados el retorno del exilio de
Mohammed V (¡Que Dios le glorifique!), y con él la
independencia de Marruecos.
Y aún años después, cuando ya comenzaba a despertar
en mí el gusanillo de la creación literaria, volví a
descubrir el Estrecho, esta vez desde la costas de
Tánger. Desde mi casa, a las puertas mismas de la
Emsallah, oía a diario la invocación del muezzin,
del almuédano. Mis amigos se llamaban Ben Ayiba,
Samuel Abitbol, Rodrigo Ramírez —moros, judíos,
cristianos—: caldo de cultivo feraz para modelar un
carácter en el que ni la intolerancia ni el racismo
podían tener cabida, mudejarismo clave para el
espíritu de convivencia basado en un sentido innato
de la amistad, del respeto y de la ayuda mutua. Y
así, andando el tiempo, y a bordo del Ibn-Batouta, a
su paso por el Estrecho, nació mi primer poema, una
sentida y rubayatiana “Oda a Farid Al-Attrach”:
Despertad,
despertad durmientes, y escuchad
los jondos
quejíos de Farid Al-Attrach,
los bordoneos
de su plectro de ave:
“Cuando los
chacales desdeñen la sangre negra,
cuando el
gavilán perdone a la trémula paloma,
cuando el
cedro solitario
destruya la
monótona horizontalidad de la pradera,
volveremos a
soñar, frente al Estrecho,
donde dos
mares se hermanan y confunden”
Despertad,
despertad, durmientes, y escuchad
el melancólico
cantar de Farid Al-Attrach.
La enorme masa del Peñón resplandecía con la luz
opalescente del ocaso, luz que caía sobre él con
doble fuerza, directamente del cielo y reflejada en
las aguas. Gibraltar me pareció un centinela en el
cruce de dos mares, de dos continentes, de dos
culturas, vórtice de corrientes, vientos y mareas.
Gibraltar había sido —era— puerta y llave del
Al-Andalus (como también lo había sido de Moloch y
Baal, de Marte y Thor, de Zeus, Jehová y de Allah).
Gibraltar se inclinaba hacia el Oeste, colgando
sobre su bahía, mientras su inexpugnable cresta,
moteada de aspidistras y aceitunos achaparrados, se
empicachaba en las alturas. Y el sol, siempre el
sol, se hundía en el mar, cuyas aguas parecían
precipitarse en el abismo, mientras las nieblas,
como densos algodonales, marcaban su eterno fin. Y,
sin embargo, el Peñón de Gibraltar, azotado por los
vientos, acosado por el mar, había sido siempre,
desde la antigüedad más remota, refugio, seguridad,
defensa.
Desde
Ksar-Seguir había columbrado yo el Peñón, envuelto
en brumas. La historia me hablaba del reino visigodo
(reino mítico en la España de Franco). Por aquel
entonces supe que a finales del siglo VII el Islam
ocupaba todo el Norte de Africa, y que en el año 708
de la era cristiana —o en el 89 de hégira— el
general Musa ben Nusair gobernaba en aquellos
contornos. Había pasado mucho tiempo, pero el
paisaje era el mismo, y ante él no era difícil
imaginar a Tarik ibn Malik en su primera expedición
exploratoria de las costas españolas, al mando de un
puñado de hombres y la flota de don Julián,
gobernador de Ceuta (a quien por aquellos años
resucitaba mi admirado Juan Goytisolo). No, no era
difícil imaginar a Tarik ibn Ziyad, poco después,
con 7.000 hombres (casi todos bereberes y apenas 300
árabes), desembarcar al pie de un peñón que habría
de llamarse desde entonces Djabal Tarik, Monte de
Tarik, Gibraltar.
Tarik acampó y
fundó una pequeña base que habría de servir de
protección en caso de retirada: era el germen de la
futura Al-Djazira al Hadra, la Isla Verde,
Algeciras. Lo que ocurrió después lo conocemos
todos: Tarik aplastó a las tropas visigodas en
Guadalete y conquistó Córdoba, Toledo, Valencia. El
mismo Muza cruzó el Estrecho al mando de 18.000
soldados y tomó Medina Sidonia, Carmona, Alcalá de
Guadaira y Sevilla.
Desde el momento en que Tarik se posesionó de
Gibraltar, el Peñón iba a ser un bastión musulmán a
lo largo de 600 años. Los musulmanes construyeron
una dársena (cegada ahora por la arena), dos
mezquitas (cuyos restos aún subsisten), un hamman y
el célebre castillo que domina el único acceso
terrestre a la península. En las puertas del
castillo, abierta en piedra, una inscripción decía:
“PROSPERIDAD Y PAZ A NUESTRO SOBERANO Y ESCLAVO DE
DIOS SUPREMO, GOBERNADOR DE LOS MOROS, NUESTRO
SOBERANO ABI ABUL HAJEZ, HIJO DE JEZID, HIJO DE AVI
AL-WALID, QUE DIOS PRESERVE”.
En siglo IX,
Abul Casem Ben Abad, rey de Sevilla y Córdoba,
extendió sus dominios hasta el Estrecho de
Gibraltar, conquistando Granada, Badajoz y Valancia.
Los musulmanes, atacados por cristianos, pidieron
auxilio a Josef Ben Taschfin, que condujo un
formidable ejército por las puertas del Estrecho.
Durante meses, los desembarcos que en esta y otras
ocasiones hicieron los almorávides y sus sucesores,
Gibraltar fue siempre, por la comodidad de su
puerto, el lugar ideal de desembarco.
En 1003, a la
muerte de Almanzor, el campo de Gibraltar fue
testigo de encarnizados combates, tanto entre
musulmanes y cristianos como entre los musulmanes
mismos: baste recordar la sangrienta batalla del Río
de la Miel (o de la Hiel), donde se enfrentaron
Soliman Ben Alhakem I y Mohamed Ben Hescam, ambos
aspirantes al trono de Córdoba.
En el siglo
XII, las rápidas conquistas de castellanos,
portugueses y aragoneses obligaron a los musulmanes
a pedir ayuda, esta vez a los almohades, quienes,
después de desembarcar por el Estrecho, liberaron a
la Córdoba sitiada.
No voy a
fatigarles con nombres y fechas que marcan los
numerosos sitios que sufriera Gibraltar durante esta
época. No en vano, en 1177, el poeta
Abu-Abdullah-ben Galib, de Valencia, dijo que
Gibraltar había sido hostigado por la historia como
una caravana de camellos por su guía: “Este monte
—escribió el poeta— merece ahora un reposo seguro,
aunque para ello hayan de sacudirse hasta sus
cimientos todas las demás montañas de la tierra”.
Ingenuidad de poeta: Gibraltar no iba a gozar de
seguridad ni de reposo en los siglos venideros.
En 1309,
Fernando IV, el Emplazado, puso sitio a la ciudad de
Algeciras. Los socorros que los cercados podían
recibir de los musulmanes de Gibraltar fueron sin
duda causa de que el rey de Castilla determinase
tomar el monte y el pueblo, y con tal fin encomendó
a Don Alfonso Pérez de Guzmán que sitiase el Peñón.
Pérez de Guzmán acometió por todos los flancos
posibles, y los musulmanes, después de luchar
durante un mes entero, tuvieron que rendirse. Don
Alfonso entró en la plaza y mandó restablecer y
levantar los muros, construyó la atarazana para el
abrigo y defensa de las galeras del puerto e
introdujo tropas y bastimentos para mantener la
conquista. Ibn Alcatib cuenta, en su Biblioteca
Hispánica, que uno de los musulmanes vencidos,
hombre de avanzada edad, se quejaba al rey
cristiano: “Señor, qué hubisteis conmigo, que yo
solía vivir en Sevilla siendo en ella casado, I vino
tu visabuelo el rei Don Fernando, cercó á Sevilla,
tomóla y yo vine a morar á Xerez. Después vino tu
abuelo el rey Don Alonso, I ganó Xerez, I yo víneme
a morar a Tarifa.
Después vino el rey Don Sancho, tu padre, y ganó
Tarifa; I viendo que en ningún pueblo de España
podíamos seguramente vivir, víneme a Gibraltar por
ser el más fuerte lugar que los
moros tienen,
a donde por la mar ahora tu veniste, la cercaste I
tomaste. Pídote por merced que me mandes dar algún
navío en que pase el mar, I no vea yo cada día ante
mis ojos tanto pesar”.
En 1310, el
rey Alfonso XI concedió a Gibraltar y a otros
pueblos fronterizos una serie de exenciones y
privilegios. Todo vecino y morador de Gibraltar,
aunque fuese “golifan” (estafador), ladrón, u
homicida, podría residir en el Peñón sin miedo
alguno a la Justicia. ¡A lo que llevaba el afán de
repoblar!
En 1331, el
rey de Fez envió a su hijo Abdul-Malik, con 7.000
caballos y abundante infantería, a poner cerco a
Gibraltar, gobernado a la sazón por Vasco Pérez de
Meira. Abdul-Malik se apoderó de todo el monte y la
atarazana, y sitió la ciudad. Se cuenta que el
hambre de los sitiados llegó a tal extremo que
hubieron de comerse hasta las cubiertas de piel de
sus escudos. Abdul-Malik tenía tomado el puerto
llano, único lugar por donde podían escapar los
desertores, y cayeron tantos cristianos en poder
musulmán, que, se dice, en Algeciras se podía
comprar un cristiano por una dobla. Después de dos
años de resistencia (nótese que no digo “heroica”),
los cristianos tuvieron que rendirse, tal vez
convencidos de quela piel de escudo no es el
alimento más adecuado para el hombre.
Tras la
batalla de El Salado y el sitio y captura de
Algeciras en 1342 y 1344, Alfonso XI intentó una vez
más apoderarse de Gibraltar, pero murió en una
epidemia de peste bubónica a extramuros de la ciudad
en 1350. Fue este el episodio final de la batalla
del Estrecho. El conflicto se resolvió finalmente en
favor de Castilla, lo que favoreció a Granada, que,
libre de la dependencia merínida, prosperó económica
y culturalmente durante la segunda mitad del siglo
XIV. Uno de los enclaves merínidas fue Gibraltar.
A partir de
ese momento, la importancia estratégica de Gibraltar
declinó, convirtiéndose en una ciudad española más.
Como ya había ocurrido con anterioridad, no eran
muchos los que estaban dispuestos a establecerse en
Gibraltar; esta renuencia, motivó al rey Enrique IV
a extender los límites territoriales del municipio a
la zona circundante. Con esta medida, el potencial
económico del Peñón aumentó, pero su defensa militar
se hizo más difícil. También en esta época hubo
continuos asedios como consecuencia de las luchas y
disputas internas entre los distintos feudos
locales.
Después de la toma de Granada por los Reyes
Católicos (de infausta memoria), la reina Isabel
dispuso de Gibraltar como base naval para lanzar un
ataque contra el Norte de Africa, y como puerto
desde donde serían desterrados aquellos musulmanes y
judíos del éxodo y el llanto.
Cuando abrí
los ojos, atalayado aún en el promontorio rocoso de
Ksar-Seguir, anochecía. Se había despertado el
viento de Levante, y las aguas del Estrecho se
crispaban por momentos. En una caleta de la playa,
amparados por las sombras, un grupo de marroquíes
saltaban a una patera. El
motorcillo de
la frágil embarcación rezongó una cuantas veces
antes de arrancar. La historia se repetía. Allá, en
las costas oscuras de España, los esperaba —si es
que no se los tragaban antes las aguas del Estrecho—
el camino azaroso de la emigración. ¿Cuándo, cuándo
llegará el día —pensé— en que este Estrecho deje de
ser frontera y fosa, y se convierta en hermoso brazo
de tierra, por donde españoles y marroquíes podamos,
en amor y compaña, continuar el dulce diálogo por
tanto tiempo interrumpido”.
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