Cuando se menciona el término ‘moriscos’, en realidad evocamos aquellos que fueron expulsados; recordamos su sufrimiento, la confiscación de sus bienes y la emigración forzada a la que se vieron obligados. No obstante, cuando llegaron a Marruecos o a otros países islámicos, pudieron expresar su confesión y, por lo tanto, el problema de identidad religiosa ya no se planteaba con la misma intensidad, lo que no fue el caso para quienes se quedaron, ya que tuvieron que vivir con una doble identidad: la musulmana dentro de sus casas y la cristiana fuera de ellas.

La situación, a pesar de su complejidad, era asimilada por quienes presenciaron el período de expulsión, o sea hasta principios del siglo XVII; mientras que los que llegaron después, es decir, las siguientes generaciones fue muy difícil para ellos entender y heredar esta dualidad y el miedo que les acompañó hasta el siglo XX. Procederé a dar algunos ejemplos, que no provienen de fuentes históricas ya que la expulsión de los moriscos significó durante mucho tiempo el fin de su historiografía, sino de otras fuentes que son la literatura de viaje. Como bien sabemos, cuando el viajero escribe lo hace sin ninguna conciencia ni pretensión de escribir historia, sino que registra sus impresiones, anota las cosas tal como las ve en ese instante y su escritura resulta de la acumulación de informaciones culturales, religiosas, políticas y sicológicas.

Entre los viajes que he tomado como ejemplo ilustrativo, el viaje de al-Gassani, embajador del sultán Mulay Ismail, quien se trasladó a España ochenta años después de la expulsión de los moriscos, o sea en el año 1690. Acerca de los moriscos con quienes se encontró, nos dice que aun preservan su islam y tienen una consideración especial hacia esta religión, aunque sí, tienen miedo de expresarlo abiertamente. Otro ejemplo del siglo XVIII (1766), tiene que ver con el viaje de al-Mahdi al-Gazal quien señala el número elevado de los moriscos en Granada y el miedo que tenían de los frailes, refiriéndose a los monjes de los tribunales de la inquisición, un miedo que aun les acompaña.

Diez años después del viaje de al-Gazal, Ibn Othman al-Meknasi, realizó un viaje a España en el cual expresa a su vez ese miedo y alude a una divertida anécdota; cuando visitó Granada, en tanto que embajador de un país vecino y fue recibido por el rey de España, el protocolo real le asignó el jefe de policía como acompañante. Como él llevaba el tradicional atuendo marroquí, la gente se acercaba a mirarle ya que, a partir de la expulsión de los moriscos, ya no tenía conocimiento de aquella indumentaria. Sin embargo, ante la reacción violenta y brutal del jefe de policía, que lo acompañaba, Ibn Othman le preguntó, una vez solos, por el motivo de su conducta, a la cual éste respondió que se estaba vengando ya que era musulmán y ellos cristianos y por lo tanto, estaba ejerciendo el mismo maltrato que ellos habían ejercido sobre los musulmanes.

Algunas de estas imágenes fueron registradas también por viajeros occidentales que visitaron al-Andalus en la misma fecha. Citamos entre otros ejemplos, el del viaje de Henri Swinborne quien visitó Granada en el año 1776 (el mismo año que viajó Ibn Othman). Cuenta, que estando en Granada, observa que los monjes aun practicaban sus leyes corruptas que remontan a la Edad Media. Es una imagen de lo que Swinborne, un hombre que ha vivido varios años en Francia, fue influenciado por el pensamiento de la ilustración y con un espíritu volteriano, pudo haber pensado de los tribunales de la inquisición. En Granada no puede sino hacer una comparación entre la civilización andalusí en la época musulmana y el estado de regresión y decadencia al que llegó con la inquisición.

En cuando a las fuentes españolas, la historia de los moriscos y de los andalusíes, de manera general, tan sólo se rescata del olvido pretendido en el siglo XIX, gracias a los arabistas españoles quienes aparecieron en aquel entonces, liderados por José Antonio Conde quien publicó en 1800 un libro bajo el título de Historia de la dominación de los árabes en España, publicada póstumamente en el año 1820. Una de las razones por las cuales no se publicó durante su vida, fue su miedo de las repercusiones que pudiera tener ya que los tribunales de la inquisición no se habían abolido de manera legal sino en el año 1824 (de manera ilegal permanecieron muchos años después).

En la misma época, aparece otro historiador, se trata de Juan Andrés, un monje jesuita que fue expulsado tanto de la iglesia como del país, trasladándose a Italia donde escribió una enciclopedia en ocho tomos sobre la literatura comparada y la historia general. Juan Andrés llegó a la conclusión que sorprendió a todo el mundo en aquel entonces y que apunta a que todo el progreso que experimenta Europa en las letras, en las ciencias y en el pensamiento se lo debe a España quien a su vez lo heredó de la civilización musulmana de al-Andalus. Insisto, todos se quedaron sorprendidos ante esta tesis incluso no la creyeron ya que las fuentes árabes que podían testiguar aquello eran aun manuscritos en un momento en que las fuentes históricas españolas se lo callaban. Por ende, la imagen propagada en Occidente acerca de Oriente estaba relacionada con aquella que difundió Napoleón en su campaña contra Egipto o sea que “Oriente no despertó de su profundo sueño sino con el sonido de los cañones de Napoleón”.

El tercer ejemplo de los arabistas españoles que dieron a conocer el patrimonio árabe islámico en al-Andalus lo constituye Pascual Gayangos, un hombre rico, liberal, escribió en su exilio en Londres un libro en inglés titulado History of the Mohammedan Dynasties in Spain (Historia de las dinastías musulmanas en España), en el cual se apoyó mucho en el libro de al-Maquarri. Cuando cambio la situación en España, Gayangos volvió a Madrid y fue electo presidente de la Academia Real de Historia, desde donde y debido a su admiración por la civilización andalusí y el legado morisco, puso todo su empeño en la formación de una generación de investigadores interesados en el tema. Cito a título de ejemplo a dos de ellos por su relación con el tema que nos incumbe, el primero Alejandro Esteban, autor de un libro sobre las costumbres y tradiciones árabes que preservaron los españoles después de la expulsión de los moriscos, basado en sus observaciones del modo de vida de los moriscos que permanecieron en España y a quienes se debe la preservación de este patrimonio.

El segundo es Francisco Coodera y Zaidín, el primer historiador de origen morisco que escribió sobre sus antepasados. Formó a una generación de grandes arabistas quienes promovieron el arabismo español en la primera mitad del siglo XX. Fueron conocidos como “los Beni Codera”, entre ellos Julián Rivera, Asín Palacios, Huici Miranda, Ángel González Palencia y otros. Se encargarán todos ellos de darle su merecida consideración a la cultura andalusí y morisca. Sin embargo, a pesar de todos los esfuerzos que desplegaron, el eco de sus obras se quedó limitado y no consiguieron enfrentarse a la corriente dominante en la escritura de Marcelino Menéndez Pelayo, representante de la escuela nacionalista, enemigo de las minorías étnicas y religiosas como los moriscos.

A pesar de que la escuela de arabistas que reivindicó la revalorización del patrimonio morisco haya fracasado, a nivel académico, en enfrentarse a la corriente dominante en la escritura historiográfica, ha conseguido a nivel del pensamiento político imponerse en la región de al-Andalus desde la segunda década del siglo XX. Y ello gracias, en gran medida, a Blas Infante considerado por todas las corrientes políticas hoy en día en España, tanto de derecha como de izquierda, como el fundador del nacionalismo andalusí contemporáneo, cosa que fue aprobada por unanimidad por el Parlamento de Andalucía, en el año 1983, que emitió una declaración sobre el asunto en la que reconocía que Infante era El Padre de la Patria Andaluza.

Abdelouahed Akmir