La influencia de la España cristiana sobre la España musulmana, antes de que sea esta última dependiente políticamente de África, es incomparable con la influencia ejercida en sentido contrario, o sea por parte de la España musulmana, sobre la cristiana.

El esplendor que transmitía Córdoba en la época sobre la cristiandad occidental es una realidad innegable y es lo que explica una vez más porqué el desarrollo era sólo por un lado y de que no hubiera intercambios entre ambas partes. Desde aquel entonces, el desarrollo era aún más tal como testifican algunas fuentes bibliográficas, aunque lamentablemente sean muy escasas. Sabemos por ejemplo que la poetiza sajona Rosita Hroswthea escribió poesía a mediados del siglo X, mientras estaba refugiada en un monasterio en Alemania, en la que describe la capital de los omeyas andalusíes como la perla del mundo, una ciudad nueva magnífica, orgullosa de su fuerza y famosa por sus riquezas abundantes. Por otra parte, Otón I, emperador de Alemania, envió en el año 956 H. como embajador a Abderrahmán III a Jean Jaures quien, según el traductor de su biografía, quedó estupefacto al llegar a Córdoba ante la magnitud de su civilización, a pesar de que había oído y leído sobre ella.

Cuando abordamos el tema de las influencias, no hay que saltar por alto las influencias a nivel económico y social que la España musulmana heredó de la época de los visigodos y que pervivieron en su cultura. Ciertamente, no fueron los árabes los primeros en aplicar el sistema feudal en al-Andalus, ni los primeros en desarrollar el sistema de esclavitud en el dominio agrícola; un sistema que sin duda alguna remonta al período románico y que fue desarrollado por los árabes de la misma manera que lo hicieron los reyes visigodos en Toledo.

Los grandes latifundistas de descendencia noble pudieron preservar sus propiedades, casándose con familias árabes y permitieron a los nuevos dueños de al-Andalus aprovechar este sistema. A pesar de la dureza e inhumanidad del mencionado sistema, este último ha demostrado tener sus frutos.

Los árabes de la península ibérica fueron insistentes, en primer lugar, en preservar las tradiciones sirias originarias en su nueva nación; luego se inspiraron de los avances de los abasíes en el dominio de la vida cotidiana y, sin lugar a dudas, al llegar a la Península, tomaron de lo que habían dejado sus predecesores.

Otra influencia que difícilmente se puede delimitar pero que no debemos pasar por alto, es la influencia que ejercieron los saqaliba. El término saqaliba se usó para definir a los esclavos europeos que compraban los musulmanes en al-Andalus con el objetivo de fortalecer sus ejércitos o para hacerles trabajar como personal doméstico en sus palacios. En el siglo XI su número creció alcanzando los 15000 en Córdoba, y la mayoría de ellos procedían de Europa central, del Sur de Europa, de las orillas del Mar Negro, de Lombardia en Italia, e incluso del norte peninsular.

Lévi Provençal, La civilización árabe en España, Ed. Dar al-‘alam al-‘arabi, 1° Edición

الحضارة العربية في إسبانيا، ليفي بروفنسال،  ترجمة الطاهر أحمد مكي، منشورات دار العالم العربي،  الطبعة الأولى2010.