Los comienzos del orientalismo español y sus afluentes no han sido objeto de suficientes revisiones científicas. Y ello debido a que los pocos estudios realizados sobre este orientalismo no abordaron el mencionado aspecto, ni tampoco concibieron que fuese de gran importancia a la hora de abarcar las percepciones de este orientalismo moderno.

De ahí que James T. Monroe, en su libro Islam and the Arabs in Spanish Scholarship. Sixteenth Century to the Present (El Islam y los árabes en la investigación española desde el siglo XVI hasta la actualidad), no se preocupó por los comienzos precoces del orientalismo español ni de sus afluentes. Por otra parte, Manuela Manzanares de Cirre se limitó a presentar los comienzos de este orientalismo en el prólogo de su libro Arabistas españoles en el siglo XIX. En cuanto a J. Bosch Villa, en su conferencia sobre “La historia del orientalismo español y sus plagas actuales”, expuso los comienzos de dicho orientalismo, enmarcándolo en sus diversas condiciones históricas y contextos culturales que llevaron a su aparición y su definición con características específicas. Según él, los primeros brotes del orientalismo español remontan a lo que nombró “la ‘orientalización’ de la Península Ibérica durante la Edad Media” como resultado de la invasión que sufrió por parte de elementos humanos orientales que, además de su nueva sangre y tradiciones culturales, trajeron consigo un modo de vida inspirado en un nuevo espíritu religioso que es el Islam. Dicha ‘orientalización’ supuso para los andalusíes, entre otras cosas, su regreso masivo a sus lugares de origen. De modo que Abderrahmán II, calificado como “el primer orientalista español musulmán”, trajo a al-Andalus una serie de libros y textos científicos que los árabes copiaron de los griegos y persas. Por lo que los andalusíes emprendieron viajes a Oriente con el propósito de estudiar su ciencia y transferirla a su país, hasta tal punto que España se convirtió en un espejo de las ciencias orientales y las formas intelectuales y culturales del conocimiento helénico y alejandrino, y un espacio para su circulación y florecimiento.

Por otra parte, dicha ‘orientalización’ exigió a los cristianos de la península, la necesidad de conocerla e identificar sus fundamentos, paralelamente al deber de confrontarla, lo que llevó a la aparición del orientalismo de traducción, el orientalismo de la defensa del cristianismo y evangelización, el orientalismo del rey Alfonso X, y del orientalismo medieval.

Ahora bine, no podemos incluir a los dos príncipes Abderrahmán II y Al-Hakan II entre los primeros orientalistas españoles debido a las diferencias que marcaron su concepción orientalista en comparación con Bosch Villa, aunque si podemos remontar los principios del orientalismo español antiguo y sus afluentes a esta ‘orientalizacion’ y defender esta opinión.

Con la entrada de Oriente en al-Andalus como un sistema de vida islámico, una visión específica de este sistema, y su continuación en España hasta mediados del siglo XVII, los cristianos no tenían más remedio que “inventar el orientalismo, producirlo y reproducirlo continuamente”.

¿Cómo podemos hablar pues de la invención del orientalismo por estos cristianos? ¿Hasta qué punto puede esta teoría ser válida y adquirir su legitimidad científica y teórica? El intento de responder a estas dos preguntas no se puede separarse de dos cuestiones interrelacionadas. Primero, el comienzo del orientalismo en general, o el comienzo del orientalismo global, y segundo, nuestra comprensión y percepción de este orientalismo.

Mohammad Abdelouahed al-Asri, El Islam en las percepciones del orientalismo español de Raimundo Lulio a Asín Palacios, Biblioteca General del rey Abdelaziz, Ryad, 2003.

الإسلام في تصورات الإستشراق الإسباني من ريموندس لولوس إلى أسين بلاثيوس، الدكتور محمد عبد الواحد العسري، مكتبة الملك عبد العزيز العامة ، الرياض 2003