La edificación de las más antiguas mezquitas en lo que se conoce hoy como los países de la Unión Europea remonta a los años veinte del siglo pasado, y está vinculado a la llegada de las primeras oleadas de emigrantes árabes al continente. Mientras que en España, las mezquitas datan de más de mil años, y lo curioso es que en algunas de estas mezquitas todavía se celebran los ritos religiosos, tales como la mezquita Almonaster la Real que visitamos durante el mes de Ramadán y sobre la cual hemos anotado estas impresiones.

A la entrada de la aldea Almonaster, al pie de las montañas del oeste andaluz, a unos 120 kilómetros de Sevilla y aproximadamente 40 kilómetros de las ciudad andalusí de Mértola, hoy  día en territorio portugués, se veían robles de los que colgaban carteles coloridos con la imagen de la mezquita del pueblo, cuya fundación data de finales del siglo X. Los carteles anunciaban la organización de las jornadas de la cultura islámica en su sexta edición, que coincidió este año con el comienzo del mes de Ramadán, y fue elegido como lema “la espiritualidad y convivencia en Andalucía”.

El niño Manolo, boquiabierto, escuchaba atentamente al contador de historias con su indumentaria colorida, paseando entre las columnas de la mezquita y narrando la historia del poderoso rey que, después de derrotar al hombre, quiso derrotar al mar arrebatando contra él sus lanzas. Sin embargo, ante la grandeza del mar se sintió frágil y tuvo que reconocer su debilidad; de sus ojos cayó una lágrima triste que pedía amor y tolerancia.

Nada conseguía interrumpir el silencio fúnebre que reinaba en la mezquita, con las luces casi apagadas, salvo el golpeteo repentino del tambor que acompaña las palabras del narrador y que hacía que el pequeño Manolo saltase de pánico antes de recobrar su calma mientras que otro niño ruso, su ignorancia del español le impedía seguir como otros el cuento del poderoso rey.

El narrador viajó con los niños del pueblo en la atmósfera de espiritualidad que rodeaba la mezquita una hora antes, cuando el arabista español, Pablo Benito, inauguró las jornadas culturales con una conferencia sobre “Tolerancia y amor universal en Ibn Arabi” que los habitantes del pueblo y las autoridades de la provincia de Huelva (capital de la región) junto con algunos musulmanes españoles seguían con gran interés.

Tras recitar versos de la obra de Ibn Arabi, el viejo monje del pueblo comentó que si el discurso de tolerancia y amor contenido en sus poemas corresponde a lo que manda el Islam, ¿cómo se entiende la intolerancia y el terrorismo que se comete hoy en día en nombre del Islam?

Contestando a su pregunta, Benito, una referencia del sufismo andalusí, explicó la diferencia entre el Islam y lo que se le atribuye actualmente, dio explicaciones acerca del Corán, la Sunnah, y otros términos sufíes como al-Hal “الحال”, al-maquam “المقام” y al-irfan “العرفان”… ante la dificultad de comprender esta situación, el Profesor Beneito trató de simplificar su discurso para que la audiencia y el monje pudieran entender su mensaje, y tras un momento de contemplación, dijo, mirando al techo de la mezquita: “Miren estas columnas, son de diferentes formas y tamaños, pero colectivamente sustentan este techo, que resistió al tiempo, durante más de mil años, pues lo mismo sucede con lo que les estoy comentando, se trata de los pilares del verdadero Islam”.

La aldea, cuya población supera los 600 habitantes, considera la mezquita su verdadera riqueza. Todas las actividades culturales y deportivas se centran en ella, incluso aquellas que no tienen nada que ver con la cultura islámica, tales como la carrera anual a la que participan atletas de pueblos vecinos, fijando como línea de llegada la mezquita, y cuyos trofeos son esculturas que representan la mezquita, que se ha convertido en un lema especial para el pueblo y que figura en toda su documentación oficial y publicaciones.

Manuel Ángel Barroso, teniente alcalde del pueblo y coordinador de las jornadas de cultura islámica, habla con orgullo de la mezquita, refiriéndose a un mosaico de siete metros cuadrados en forma de cuadrado, colocado en la puerta de su oficina. “Lo fabricó un artesano del pueblo con azúcar y lo ofreció al ayuntamiento el año pasado; al principio, lo colocamos en la puerta del ayuntamiento, pero como estaba hecho de azúcar, todos querían saborear la dulzura de la mezquita, así que lo trajimos aquí, donde no todos llegan”.

La historia del artesano de Almonaster y el don de fabricar dulces con que se hizo famosa la aldea me recordó a la más famosa figura histórica de Sidi al-Husain al-monasteri que vivió en el siglo VIII d.c. y a quien se considera como el fundador de la industria de confitería de las montaña andalusíes. Ha sido citado en dos de los tratados estudiados por dos de los más destacados arabistas españoles del siglo XX, Asín Palacios y Emilio García Gómez. Su fama en la preparación de buñuelos fritos y bañados en miel además de otros dulces, y sus recetas que todavía se utilizan hoy en día en las zonas montañosas de Andalucía, junto con el don de comer, han hecho que sea una referencia hasta tal punto de decirse en Murcia, Granada y Beja “comes como Sidi al-monasteri” para referirse a una persona que come vorazmente.

La mezquita de Almonaster la Real, considerada la más antigua edificación islámica en Europa donde hasta en hoy en día se realizan las oraciones, fue originalmente un edificio romano que data del siglo I d.c.; sobre sus ruinas, los godos construyeron una iglesia en el siglo VII, durante su gobierno de España. Fuentes históricas nos cuentan sobre el paso de Musa b. Nusair por la región, alcanzando a Tariq b. Ziyad en el año 712. Sin embargo, la transformación de la iglesia en mezquita y su ampliación remonta a finales del siglo X d.c., durante el califato omeya.

En el siglo XIII, y debido a la subordinación de la mezquita a los cristianos, se convirtió de nuevo en una iglesia, después de haber introducido las restauraciones necesarias inspiradas en el estilo mudéjar de origen árabe. Será el rey Alfonso III de Castilla, quien someterá al pueblo, trasladando la mayor parte de sus instalaciones hacia el valle, construyendo nuevas viviendas y formando el nuevo núcleo de la aldea, por lo que se abandona la montaña y con ella la mezquita que algunas fuentes históricas españolas señalan hacia el año 1583 como “la antigua iglesia de los musulmanes”. Debido a lo anterior, la mezquita fue abandonada y descuidada hasta mediados del siglo XIX, cuando se convirtió en un hospital, siendo el clima seco de montaña adecuado para la salud de los pacientes. No obstante, la dificultad de acceso al lugar, llevó a evacuarlo de nuevo. Según nos relataron algunos ancianos del pueblo, su mayor recuerdo de infancia acerca de la mezquita, era que se trataba de un edificio misterioso que contenía un tesoro escondido, acudían a él de niños en busca de aquel tesoro.

En 1975, con la restauración de la democracia en España y la atención que recibieron los monumentos arquitectónicos andalusíes, se rehabilitó la mezquita de Almonaster, que desde entonces tiene abiertas sus puertas para la práctica de los rituales musulmanes. Entre sus instalaciones, que se encuentran en muy buen estado, además del mihrab y el patio de las abluciones, se encuentra la sala de oración con una superficie de 118 metros cuadrados y el minarete desde el cual se pueden ver todos los pueblos vecinos, algunos a 900 metros sobre el nivel del mar.

La mezquita dio una radiación especial al pueblo que encontraba su identidad en la propia cultura musulmana, por lo que las jornadas culturales ya no se limitan hoy a los actos culturales y religiosos celebrados en la mezquita, sino que todo el pueblo vive el evento y regresa a sus raíces islámicas a lo largo de los cuatro días. Se cortan las carreteras para la circulación de vehículos, cierran los establecimientos comerciales y se establece una especie de mercado andaluz al que se accede por una gran puerta de madera, donde se erigen los puestos donde se vende todo aquello que tiene que ver con la cultura árabe, y cuyo número este año ha superado los 80. Algunos ofrecen gratuitamente dátiles y frutos secos, mientras que otros ofrecen té con yerbabuena y dulces. El olor a henna e incienso, al son de las melodías de la música andaluza, aroman el aire. Los vendedores llevan atuendos andalusíes y algunos, en ausencia de estos trajes, visten chillabas y caftanes marroquíes.

La población de la aldea se duplica al menos cinco veces, según uno de los organizadores de estas jornadas, acuden visitantes de todos los pueblos vecinos, incluso de las ciudades de Sevilla y Huelva, además de algunas ciudades portuguesas. El pueblo recobra la gloria que alcanzó, cuando en el siglo IX, era una de las ciudades más importantes del oeste andalusí, según lo confirma el geógrafo andalusí Abu Ubaidullah al-Bakri, quien afirma que los tributos recogidos en el año 822 d.c. se estimaron en 35 mil dinares.

La llamada a la oración del “Asr” atrae los visitantes del pueblo a la mezquita. Algunos niños acuden montados en mulas dispuestas para la ocasión. En sus caras se nota una mezcla de curiosidad y un profundo deseo de buscar una identidad perdida. Le pregunté al teniente alcalde, ¿la llamada a la oración no molesta a la gente del pueblo? Y él respondió que todo lo contrario; los musulmanes españoles, así como los seguidores de algunas cofradías sufíes, suelen acudir a la mezquita y que, debido a la modesta capacidad del único complejo turístico en el pueblo, sus habitantes los albergan en sus hogares.

Me paro junto a uno de los habitantes del pueblo llamado Juan Flores, de unos setenta y seis años de edad quien, desde la cima de la montaña, donde fue construida la mezquita, me dice, señalando con el dedo: “Esa fue mi casa, me llegaba al oído de madrugada la voz del almuhacin, interrumpiendo el silencio que invadía esa hora de la mañana, y viajaba en el tiempo, sentía que volvía a vivir en la era andalusí” y luego añade con un rostro alegre: “esta mezquita ha resistido al tiempo durante más de mil años gracias a la ‘baraka’ (bendición)”.

La doctora Fátima Roldán, profesora de la Universidad de Sevilla y directora científica de las jornadas culturales comenta a su vez: “No creo que la llamada a la oración tenga alguna connotación religiosa para los no musulmanes; para ellos es tan sólo un hermoso canto y una voz compasiva con una dimensión emotiva. Puede que sea también una invitación a la meditación y la espiritualidad o incluso un incentivo para la hermandad entre las religiones”.

Las palabras de esta arabista me recordaron las particularidades de los musulmanes españoles, que son diferentes al resto de los musulmanes en otros países europeos, como Francia, Alemania o Inglaterra, donde la mayoría de los musulmanes son de origen magrebí, turco o paquistaní e hindú respectivamente. El núcleo del Islam en la España contemporánea, no está asociado a los emigrantes, sino más bien es el resultado de una continua búsqueda de la identidad perdida, se inició con el retorno de la democracia, y fue para algunos un apego a la herencia cultural andalusí considerada como una referencia clave en la formación de la personalidad española contemporánea, tal como advirtió “Américo Castro” hace cincuenta años, mientras que para otros, alcanzó el grado de convertirse al islam como parte de la identidad española.

Un ambiente de espiritualidad invade la mezquita sin ser interrumpido por nadie de los visitantes, quienes mantienen un silencio absoluto durante la realización de las oraciones. Antes de la puesta del sol, en la mezquita reina un ambiente festivo, algunos rezan, otros preparan para la ruptura del ayuno a quien se convide incluso los que no ayunan, mientras que otros se ocupan de organizar los libros para recitar por la noche.

La mezquita está cubierta con algunas alfombras elegantes firmadas por la artista holandesa Mizette Nielsen, que participa en las jornadas con una exposición sobre la alfombra andalusí, considerada como una de las especialistas más importantes en la industria de la alfombra andalusí a nivel internacional y presidenta actualmente de la Asociación europea para la fabricación de la alfombra tradicional. La exposición fue muy apreciada por los visitantes, quienes descubrieron, al tiempo que se ofrecían explicaciones, las peculiaridades de la alfombra andalusí.

No era de esperar que en 1990, cuando se organizaron las primeras jornadas de la cultura islámica en la localidad de Almonaster, en conmemoración de un siglo de la fundación de la mezquita, que estas jornadas alcanzaran el éxito y la continuidad que experimentan hoy día ni que se convirtieran en un modelo a seguir para los otros pueblos andalusíes tanto en España como en Portugal. Al respecto, el teniente alcalde, Manuel Ángel Barroso, comenta: “La edición de 2001, se había programado en el mes de octubre, unas pocas semanas después de los atentados del 11 de septiembre, lo que provocó cierto recelo para algunos participantes preocupados por el éxito de este evento, además de algunos vecinos de la villa entre los conservadores, sin embargo, insistimos en llevar a cabo el evento costara lo que costara, hasta tal punto de que algunos fanáticos me llamaran Ben Laden! Cosa que no me importaba en absoluto. Invitamos a una orquesta judía sefardí a participar en esa edición, con el objetivo de promover una cultura de paz y tolerancia. Estas jornadas representan para nosotros un momento para volver a nuestras raíces, un evento que viven los adultos y los niños. Anteayer, cuando empezamos a colgar las pancartas en las calles, se acercó a mí una niña y me dijo con toda espontaneidad: ¿Son los carteles de las jornadas de cultura islámica? Lo que significa que los hijos de la aldea se han criado en este ambiente y han presenciado estas jornadas”.

Salí de la oficina del teniente alcalde y me quedé pensando en las palabras de la niña, antes de escuchar la voz de otro niño dirigiéndose hacia mí en árabe: “Asalamu alaikum”, mientras iba sonriendo cogido de la mano de su madre. Le comenté lo que había sucedido a la arabista Fátima Roldán y ella comentó lo siguiente: “La importancia de estas jornadas culturales es alejar un poco la cultura andalusí del ámbito de la universidad, donde se le presta la atención necesaria en este  momento y salir a la calle. La gente quiere experimentar la experiencia de vivir en una aldea andalusí del siglo X u XI, en la atmósfera del soco, de la mezquita, de la “jaima” del contador de historias y de la exposición de alfombras y otros productos. Y, por supuesto, estas cosas hacen que el hombre común de la calle descubra su pasado anclado en la historia de los árabes y se aferre a ello, lo que significa que una demostración de este tipo no puede recibir la misma aceptación en Francia o Alemania o cualquier otro país europeo cuyo referencial cultural es diferente”.

Abdelouahed Akmir